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Si eres dueño de tus hábitos, serás siempre un vencedor

¿Llevas años diciendo que has de aprender inglés pero no encuentras el momento de poner manos a la obra?, ¿tienes  kilos de más pero no inicias esa dieta y te sientes culpable?, ¿dices que el mes próximo empezarás a hacer ejercicio o a dejar de fumar pero le echas la culpa a la falta de tiempo? No te desanimes, le ocurre al común de los mortales, pero eso no significa que tú no puedas cambiar. Los expertos dicen que necesitamos tan sólo 21 días para cambiar un hábito, y que si lo mantenemos de 6 a 9 meses formará ya parte de nuestra conducta. Anímate e inténtalo siguiendo esta serie de pasos que te vamos a mostrar, verás cómo puedes, si otros lo han conseguido, no te quepa duda de que tú también lo puedes lograr.

De entrada, y para empezar, reseñar que más que ninguna otra cosa los hábitos -esas acciones repetidas y constantes en nuestras vidas- nos definen como personas o, dicho de otra manera, somos lo que somos como consecuencia de nuestros hábitos. El miedo al cambio, aunque sea para mejor, se presenta como muro infranqueable aunque en realidad se reduce a un pensamiento negativo sobre nosotros mismos que hemos dejado anidar en nuestro interior.

En palabras de uno de los corredores olímpicos de todos los tiempos, Jim Ryum, que sabía bien de lo que hablaba, ‘la motivación es lo que te hace comenzar. El hábito es lo que te hace seguir”. Quiere decir que si no hay algo que nos ‘mueve’, un estímulo (motivación viene del latín motio, que significa movimiento), y una dosis de voluntad e interés, no hay nada que podamos hacer. Porque esta palabra mágica que va a determinar nuestro destino, es una combinación de procesos intelectuales, fisiológicos y psicológicos que decidirá en qué dirección encauzaremos la energía, para bien o para mal.

No importa de qué se trate, siempre necesitaremos de ese impulso que nos haga de guía para alcanzar cualquier tipo de meta: desde la organización de unas vacaciones, hasta terminar una carrera, pasando por esa reducción en las tallas del pantalón. De la mano de las necesidades, de deseos intensos, de incomodidades y de expectativas, mezcladas  convenientemente en una coctelera, conseguiremos alcanzar el Everest, siempre que mantengamos la rutina y el empeño, aunque eso llega después.

‘Somos lo que hacemos repetidamente’

Y es que los mayores enemigos de la motivación son la desidia, la indolencia, el pasotismo, la falta de interés, la dejadez, la vagancia, el aburrimiento vital…dos caras de una misma moneda capaces de determinar qué hemos decidido hacer con nuestras vidas porque de aquella que elijamos como nuestra dependerán en buena medida nuestros logros y  nuestro grado de satisfacción. Quien es dueño de sus hábitos, siempre será vencedor.

El primer paso será preguntarnos porqué hemos decidido iniciar esa acción, y si nuestra motivación es interna o responde a la necesidad de aprobación de los demás. Porque es cierto que el compromiso público es un gran motivador, pero la motivación interior es imprescindible porque está relacionada con la autoestima y con la construcción de un yo positivo, que va unido siempre al deseo de superación. Hay expertos en la materia que piensan que los dos tipos combinados pueden producir un nivel máximo de motivación, aunque nunca hay que olvidar que cada persona responde a distintos estímulos, todos válidos siempre que nos lleven a donde queremos llegar.

“Somos lo que hacemos repetidamente” –dijo Aristóteles- “La excelencia no es por tanto un acto sino un hábito”. Responsable en buena parte del corpus de creencias del pensamiento occidental, el filósofo griego, un maestro en eso que llamamos sentido común, también sabía bien de lo que hablaba al referirse a los hábitos: una repetición a través de la práctica de cualquier acción (alimentarse bien, practicar ejercicio, dejar de fumar, aprender inglés…), porque uno se hace justo practicando la justicia, músico, componiendo piezas musicales y valiente, ejercitándose en el valor.

Así,  para adquirir un hábito, el sentido común nos habla de:

· Hacerlo de uno en uno. Por más motivados que estemos, cualquier cambio supone el suficiente esfuerzo como para dedicarnos a él de lleno sin dispersar energías de forma innecesaria. La concentración en este cambio de comportamiento durante un mes (recuerda que 21 días es el número clave para el éxito) triplican las oportunidades de mejorar.
· Escribir el objetivo en un papel. Poner negro sobre blanco nuestras metas, el día del inicio del cambio y la fecha final de la ’prueba’, que en realidad es el principio del fin de nuestro abandono e indolencia (un mes no estaría mal), puede servirte de ayuda, sobre todo si reflejas tu plan de acción, qué vas a hacer exactamente, cuáles serán tus recompensas, cuáles tus obstáculos y qué te impulsa a cambiar. Eso si, sé realista, por favor.
· Comprometerse hasta la médula. Chíllalo a los cuatro vientos, comparte con tu entorno más inmediato tu decisión de cambio, haz una apuesta con un amigo o un familiar, deja notas por todas partes para recordarte tu decisión. A veces la vergüenza de quedar ante los demás como alguien carente de voluntad puede hacer milagros.
· Buscar apoyos. Si te ves incapaz de acometer esa labor en solitario, busca a otros que se encuentren en tu misma situación y queda con ellos para pedir ayuda en caso de desesperación porque ves que flaqueas en tu determinación inicial.
 · Reflexionar sobre los obstáculos. Pensar sobre los obstáculos que nos vamos a encontrar es un buen antídoto contra las ganas de rendirse. Conocer al enemigo, investigando sobre él, nos hará estar prevenidos cuando ataque. Piensa en la estrategia que utilizarás cuando tengas que comer fuera de casa si tu problema es la obesidad.
· Anotar los progresos. Te servirá para reforzarte en la acción, aumentará tu autoestima y te ayudará a la hora de rendir cuentas ante quienes te comprometiste.
·  Conocer los desencadenantes. Todo cambio de hábitos va ligado a uno o más desencadenantes (dejar de fumar suele llevar implícito cierto aumento de peso, por ejemplo), y por tanto es conveniente preverlos para poder combatirlos mejor. Apúntalos y crea un hábito positivo para ponerlo en práctica cuando aparezca. Cambia el café del desayuno si es lo que te provoca fumarte el primer cigarrillo del día.
·  Documentarse. Leer sobre lo que nos trae de cabeza es de gran ayuda, antes y durante nuestro proceso de cambio. Investiga para encontrar estrategias y superar los obstáculos.
· Aprender de los fallos. Si fallas en tu nueva rutina, no te lamentes, comienza otra vez, no te rindas a la primera ni a la segunda ni a la tercera de cambio. Planifica cómo vencer el fallo la próxima vez. Tú estás por encima de tus errores y, además, te mereces lo mejor.

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